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¿Qué Tanto Leen Los Mormones?

7:49 p.m.


Acabo de leer un artículo llamado "Mormonism and Literature", que fue escrito en la década de 1950 por un académico de BYU. Me parece interesante y acertado lo que señala, y me puso a pensar en lo siguiente.

Los inicios de la Iglesia estuvieron marcados por la proliferación de nuevos periódicos que fundaban los miembros y los misioneros. Tales periódicos, además de exponer y defender las verdades de la Restauración, también poseían una altísima calidad literaria, que era lo que hacía que a pesar de formar parte de una religión extraña y nueva, sus ediciones tuvieran la suficiente demanda como para permanecer durante un buen tiempo en circulación. La gente allegada al profeta José Smith era de un buen nivel académico. Oliver Cowdery, John Taylor (y un largo etcétera) dieron a las primeras publicaciones de la iglesia un estilo literario definido, autónomo y elevado.

Con el paso del tiempo, la sencillez de expresión ocupa la mayor parte de nuestros libros oficiales y manuales, como debe ser por la necesidad de establecer y enseñar la doctrina sin comprometerla al buscar estilos literarios elevados.

Pero dejando de lado la emisión de escritos oficiales, ¿por qué en la iglesia no se produce literatura? Cierto, se hacen centenares de adaptaciones de pasajes del Libro de Mormón y de la historia de los Pioneros para presentaciones sencillas (sketches) u obras muy elaboradas (pageants) de corte profesional. El arte cinematográfico también adquirió ciudadanía mormona gracias a la osadía de Richard Dutcher y al trabajo de decenas de cineastas que hoy llenan de películas en DVD cualquier librero de un hogar mormón. Cierto, cabría preguntarnos por qué a pesar de ello la primera película SUD hecha fuera de los Estados Unidos lucha tanto por colocarse en el gusto de los miembros mexicanos.

Pero lo que estamos discutiendo aquí es por qué no hay productos literarios con tema mormón que cumplan con un estándar mínimo de calidad literaria.
Al ir a las tiendas no oficiales de la iglesia en México (Zarahemla, "La manzana del Templo", el Museo del Mormonismo), he podido ver publicaciones que llamaré modestas de calidad editorial bastante deplorable. Los empastados, las imágenes, la tipografía y hasta el estilo y la ortografía producen poco menos que vergüenza. Para llenar esos estantes una pequeña editorial se ha dado a la tarea de traducir o reimprimir discursos de José Smith, o de publicar colecciones de discursos y pensamientos de líderes locales, cuyo valor no es más literario que los relatos que mi abuela nos daba de forma oral. No digo que no sean literatura, de hecho pueden considerarse una fuente literaria de primera mano; pero teniendo en cuenta que el primer hombre en México que poseyó el sacerdocio era un cultísimo activista político de origen griego, que si algo tenía era un estilo impecable comprobable en sus epístolas a la Primera Presidencia, las publicaciones recientes sí son pasos hacia atrás.
Después encontramos ese valiosísimo (histórica, no literariamente) documento que Agrícol Lozano, prócer del mormonismo mexicano de las últimas décadas del siglo XX, preparó con tanto amor: La historia del mormonismo en México. El hermano Lozano era un excelente abogado, pero su apasionamiento jurídico vence su cuidado y afecta su estilo de un modo casi imposible de rescatar, en especial cuando la única edición que se tiró no tuvo la fortuna (que hubiera merecido) de pasar por las manos y los ojos de un corrector de estilo y de pruebas. Otra vez, el inicio de una vida literaria SUD, al menos en México, queda malogrado.
Hace pocos años, en esas mismas tiendas mis ojos se alegraron de ver una colección de cuentos con tema mormón, algunos de ellos ambientados en la historia del Libro de Mormón, escritos por Sergio Nieto, cuya amistad me precio de tener. Lamenté la presentación editorial: pasta, tipografía, composición, estilo y ortografía (estas dos últimas no son sólo responsabilidad del autor sino del corrector de estilo, el componedor o diseñador, y el corrector de pruebas). Me detuve a hojear el libro y descubrí que el aspecto físico del volumen traicionaba el promisorio futuro que encerraban sus páginas: ¡Literatura mormona de ficción! ¡Qué promesa tan fulgurante! ¡Pronto llegaría el equivalente mormón a la Divina Comedia de Dante! ¡O el parangón del Paraíso Perdido de Milton!

Otra vez, los volúmenes de mi amigo que hayan sido adquiridos por precio en aquella ocasión están entre otros libros de la iglesia en diez hogares SUD, emparedados entre Jesús el Cristo y el himnario rojo o, por ser ficción, se consideran apóstatas (también conozco esta reacción).

En fin. Estas reflexiones las expongo porque me niego a admitir lo que me dijo Sergio Pagasa, que durante muchos años dirigió el Museo del Mormonismo en México: "Los miembros no leen, no van a leer nunca." Y digo que me niego a admitirlo porque si esa es la razón y el origen de problemas como la literatura, el arte mormón y su éxito entre los mismos miembros, entonces no tiene ningún sentido divagar en disertaciones como ésta.

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